Mar Gimenez | Fotolibro
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EL CUERPO DORMIDO

El espacio cerrado e íntimo del yo se prolonga y escapa. Paisajes, abiertos a la libertad de no ser paisaje sino «meditación táctil de la materia (según la autora). Se abre una ventana como una grieta en el muro de la realidad. La ventana es la frontera pero es también la posibilidad de trascenderla, de horadar el hueco, de ocupar el vacío que enmarca. Apenas un resquicio, pero el ojo y la luz se buscan. El niño mira y su mirada nos incita a mirar; a mirar miradas que nos miran para que nos miremos más allá de nuestros «cuerpos dormidos».